Por: Gina Aran

La diversidad es riqueza: riqueza para el equipo y riqueza para la organización. Y eso se traduce en rentabilidad, innovación y competitividad sostenida. 

Pero necesitamos revisar algunos conceptos económicos de riqueza centrada únicamente en ganancias, para ampliar el repertorio a beneficios indirectos, intangibles, en el largo plazo. Pongamos la mirada en el futuro. 

Se ha demostrado que el equilibrio entre “lo femenino” y “lo masculino” genera rentabilidad para las organizaciones y aporta bienestar a los empleados, pero todos sabemos que hoy día la situación no es paritaria en cuanto a posiciones de decisión ocupadas por hombres y mujeres.

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Y, sin embargo, es mucho el talento que ambos pueden ofrecer y complementar. Además… en un mundo en que las mujeres son más consumidoras que los hombres, ¿las empresas van a permitirse seguir con estándares masculinos de gestión predominantes?

Los techos de cristal son estereotipos culturales -a veces inconscientes-, la ambición mal vista en la mujer y alabada en el hombre, estilos de dirección rígidos que causan presentismo, horarios incompatibles con la conciliación…Precisamente la falta de compatibilidad entre la vida laboral y la familiar es el mayor obstáculo para el desarrollo del talento femenino

El desarrollo de las familias nos concierne a todos, ¿no es cierto? Desde las instituciones públicas, pasando por las empresas y por supuesto hasta las y los individuos, porque -quizá simplificando- siempre digo que a nosotras nos tocó engendrar (a alguien le tenía que tocar…) pero “los hijos son de todos”: de él, de ella, de la sociedad. Son el futuro de “todos”. Deberíamos pues “todos” contribuir a facilitar que las mujeres puedan traer hijos al mundo sin que ello afecte a su carrera profesional ni a su estatus económico. 

Y es un tema de justicia, sí, pero también una cuestión pragmática para las organizaciones: veamos, ¿qué sociedad queremos en los próximos años? Y en esta sociedad, ¿qué empresas sobrevivirán?

Nuestro mundo evoluciona de forma acelerada y ha dejado de necesitar esos roles diferenciados macho-hembra que, al convertirse en anacrónicos, produjeron una grave desigualdad entre hombres y mujeres.

Diversos estudios realizados en los últimos años apuntan a que las empresas lideradas por mujeres obtienen mejores resultados económicos. Ello se atribuye al hecho de que en general, además de estar técnicamente bien preparadas, ellas son más polivalentes, más empáticas, comunican mejor y tienen más visión a largo plazo que los hombres. Toman decisiones de forma estratégica e inclusiva, conectando el talento y generando valor. Los datos hablan por sí solos, sin embargo, hay que aceptar que lo anterior es una generalización que excluye a muchos hombres de ese perfil conductual y por suerte ¡hay muchos!

La conducta es fruto de las creencias y capacidades que hemos aprendido, por tanto, muchos estereotipos falaces son fruto de una educación y una cultura que insisten en mantener una polarización de los talentos masculinos y femeninos. La neurociencia es clara: aun existiendo diferencias razonables entre los cerebros de ambos géneros, no justifican una diferencia de conductas tan grande como se manifiesta en nuestra sociedad. Cada persona es potencialmente capaz de adquirir las competencias necesarias para manejarse en su medio.

Para las empresas, el buen talento es difícil de encontrar y de fidelizar. No desperdiciemos ninguno. Eso incluye también potenciar el femenino…

Entonces, ¿qué debemos hacer?

  • Reivindicar la paridad. Soy firme defensora de la meritocracia, pero veo muchas mujeres con méritos que quedan fuera de las posiciones de decisión. No fui nunca de imponer cuotas. Sin embargo, consensuarlas en este momento me parece necesario, porque las mentalidades, la cultura, no están cambiando tan rápido como las mujeres necesitamos. 

  • Dar ejemplo. Mujeres que hemos llegado a lograr una posición debemos animar a otras a no autolimitarse, a creer en sí mismas. Ayudémoslas a que no construyan techos de cemento por creer que no merecen ese puesto. Hagamos que entiendan que el significado del éxito no solo se basa en el poder y lo cuantificable, sino también en la felicidad y el bienestar y, sobre todo, en los logros sostenidos a lo largo del tiempo.

  • Visibilizar. Debemos visibilizar a la mujer. Las nuevas generaciones precisan referentes a imitar, no tanto para saber que es posible llegar, sino para considerarlo algo normal.

  • Educar. La educación es la base del progreso. Eduquemos en igualdad. Ampliemos oportunidades. No permitamos que se perpetúen estereotipos que son inútiles en la sociedad actual. Vigilemos el lenguaje y los micromachismos…

Por supuesto, podemos y debemos hacer mucho más.

Y, empresas, recordemos… Entre nuestras diferencias hay infinitas posibilidades de generar valor para la organización.

¡Hagámoslo juntos!

 

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