Un denominador común entre los profesionales que conozco es el estrés y la falta de tiempo, independientemente del ámbito de actuación, parece que estamos inmersos en un bucle de difícil solución. 

Por: Francesc Porta

Por eso, no es de extrañar que la mayoría de organizaciones busquen metodologías y maneras de hacer diferentes para adaptarse a este entorno de continuidad compleja y volátil.

De hecho, la agilidad aparece con el ansia de adaptarse a este entorno y con el objetivo de dar valor a lo que hacemos. Y bajo mi punto de vista ahí está la clave.

La importancia de los valores

Si recogemos la definición de valor; es el conjunto de cualidades por las que una persona o cosa es preciada o bien considerada. ¿Podemos dar valor sin valores? Se me hace difícil pensar en ser ágiles sin unos valores claros y definidos, que determinen nuevos comportamientos alineados al valor que queremos dar.

Sin ellos, la mayoría de las veces en lugar de ayudar a nuestros profesionales a adaptarse a la situación y a disponer de un tiempo eficiente, lo único que conseguimos es estresarlos más, alejándolos de su expertise. Y sino recordemos que sólo el 25% de transformaciones culturales o/y digitales tienen éxito a largo plazo.

La estrategia en la agilidad

El “cómo” cobra más importancia que nunca en la estrategia. Es un suicidio empresarial querer implantar marcos de trabajo ágiles, ignorando los valores que nos proporcionan la agilidad, porque es lo necesario.

Consolidar las interacciones entre las personas de la organización con la habilidad de responder a los cambios y centrarnos en dar funcionalidad a nuestros clientes (internos o externos) colaborando con ellos, son las bases de los comportamientos que se requieren.

Empezar por pequeños equipos multidisciplinares para afrontar ciertos proyectos transversales parece la opción más adecuada, ya que facilita la redarquía y no pone en peligro la estructura organizativa de la empresa.

Además acompañar este tipo de organización dual, de planes formativos, dinámicas grupales y liderazgos emocionales sanos, también facilita la transmisión de valores a la acción. Introducir estos pequeños cambios en la gestión y el comportamiento es fundamental antes de abordar proyectos más ambiciosos.

Valores como la simplicidad, la transparencia, la visibilidad, la flexibilidad, la comunicación, el trabajo en equipo, el seguimiento y el feedback continuo deben estar presentes en el ADN de la organización si queremos caminar hacia la agilidad. Y en consecuencia, hacia a una adaptación adecuada y saludable que nos permita el ansiado equilibrio personal y profesional.   

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