Venga a nosotros la disrupción.

Pensar diferente, salirse de los procesos de pensamiento establecidos, nos hace más adaptativos. Cierto es que nuestro jefe el cerebro le gusta lo conocido y lo rutinario. Pero también es capaz de desarrollar voluntad. Una voluntad empujada por el deseo de superar obstáculos o de mejorar competencias que nos traerán recompensas en forma de productividad o reconocimiento. Se dice que la incertidumbre genera estrés y bloqueo, pero ello sucede cuando no tenemos control sobre el desenlace, especialmente si sospechamos que entraña peligro. En cambio, la incertidumbre de si nuestro equipo va a ganar el partido nos alienta y producimos dopamina, hormona del bienestar. Sucede lo mismo cuando probamos suerte en un juego de azar, la incertidumbre existe, pero no nos bloquea, nos excita.

 

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Pues bienvenido sea el think different, la disrupción debería ser tan “constante” como el cambio.

“Lo Único Constante es el Cambio” (Heráclito)

 El cambio ha existido siempre. La disrupción también. La empresa más grande de taxis del mundo no tiene ningún coche (Uber), la empresa más grande de venta al por menor no dispone de ninguna mercancía (Alibaba), el mayor proveedor de alojamiento no posee ningún establecimiento (Airbnb),… En su momento fueron disrupciones y hoy son normalidades. Ahora tocan otras cosas.  La centrifugadora del cambio sigue retándonos con una crisis que no es solo sanitaria sino social y económica.

Las personas, en confinamiento, hemos tenido tiempo de reflexionar y explorar sobre nosotros mismos: quiénes somos, quiénes queremos ser, cuáles son nuestros sistemas de valores y cuales nuestras prioridades. También nos hemos puesto las pilas para aprender a trabajar de otro modo, hemos adquirido conocimiento y destreza sobre herramientas a las que antes no hacíamos ni caso. (He oído confesar a alguien que nunca oyó hablar de Zoom hasta ahora -increíble pero cierto!-).

Pues bien, todo eso, puesto en orden, son las competencias. Éstas dependen del ‘yo’, de los valores, creencias y actitudes y de los conocimientos o destrezas. Así, todo junto y alineado. Por eso las empresas buscamos no solo gente con habilidades sino además con valores, con actitud y con una personalidad congruente con las exigencias del trabajo en equipo y el compromiso.

Las competencias de las que disponer hoy en nuestra organización son esencialmente las de siempre, pero puestas en un escenario diferente que obliga a acelerar los procesos de aprendizaje. 

Y aquí vuelvo al principio: si hay que acelerar, entonces hay que disruptir, romper con los procesos habituales de aprendizaje. Ello implica trabajar sobre tres ejes:

 

  • Personalización –> tecnología y dedicación
  • Gamificación –> learning by feeling
  • Delivery mix –> Combinar formatos

 

La inteligencia colectiva, conectada, permite un aprendizaje exponencial. Uno más uno ya no son dos. Por ello la innovación digital debe ser accesible a todos, fácil y práctica, enfocada y vinculada al puesto, es más, necesita una transferencia al puesto de trabajo.

Ello no se contrapone a una estrategia de lifelong learning multidisciplinar que, además de aportar una visión amplia, garantice la adaptación ágil del equipo a los cambios que no cesan y que exigirán mantener la empleabilidad de las personas en contextos de grave contracción económica.

 

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